sábado, 2 de mayo de 2020

EL ÁRBOL DE LA ANSIEDAD



El Árbol de la ansiedad


Durante los procesos de duelo, la angustia y las preocupaciones son normales y su carga energética a nivel corporal nos hace sentirnos mal, con opresión en garganta y pecho y todos los síntomas que ya conocemos.

La ansiedad dicen que es contagiosa. Por una parte los seres humanos somos capaces de percibir intuitivamente por medio de la coherencia cardiaca, el estado de ánimo de nuestros seres queridos, aunque estos intenten disimularlo. Por otra parte, la angustia se propaga por nuestro interior en forma de pensamientos negativos, creando más preocupación.

La angustia se manifiesta en el duelo como un sentimiento vago de no ser capaces de enfrentarnos a lo que vendrá después de la partida del ser amado… el propio temor a los pensamientos y sentimientos que nos azotan como un huracán, nos alejan de nuestro equilibrio creando más incertidumbre, miedo e incluso pánico al futuro.

Para mucha gente que está a nuestro alrededor nuestra ansiedad les parece exagerada, irreal y hasta absurda al paso del tiempo; mientras que la suya les parece real y válida cuando les pasa algo parecido.

La ansiedad aparece en todo duelo o crisis que nos lleve a “envenenarnos mentalmente” y  perder el contacto con la realidad y la lucidez que proporciona “ver las cosas tal como son” y no cómo nos las imaginamos.

La ansiedad nos da la oportunidad de mirar hacia esa puerta interior que nos lanza hacia un descubrimiento de un nuevo y extenso grado de consciencia. La puerta del autoconocimiento corporal, emocional, mental y espiritual.

La angustia en principio es un mecanismo protector normal que nos recuerda que tenemos que detenernos, ver, escuchar y después proceder conscientemente.

Vamos a ver estas etapas de este STOP consciente:

  1. Detenernos (S): La ansiedad nos dice que no estamos lo suficientemente conscientes. Actuar inconscientemente nos hace reducirnos a reaccionar como un ordenador y nos deshumaniza. Al sentir los primeros síntomas de angustia  paramos la actividad que estábamos haciendo.
  2. (T) tomamos unas respiraciones profundas para ver y escuchar atentamente a nuestro cuerpo y pensamientos. Si no vemos ni escuchamos esta señal de alarma que nuestro Ser nos envía, seguiremos viviendo el sufrimiento de la inconsciencia.
  3. (O) Observamos sin emitir ningún juicio las sensaciones corporales donde sea más clara la angustia (pecho, garganta, nuca, etc..) tras unas respiraciones en las que aceptamos esos “síntomas” de inconsciencia sin juzgar los pensamientos que puedan venir, terminamos masajeando con cariño esa zona. Ahora con ese sentimiento de aceptación, elevamos nuestra consciencia y nos hacemos conscientes de nuestra naturaleza espiritual como cada cual sienta o crea… Ahora imaginad un hermoso árbol (El árbol de la sabiduría interior) con bellas ramas, lo abrazamos y depositamos en él esa ansiedad física y emocional (como el del cuento que más bajo tenéis ) La intención sincera nos lleva a ese estado transcendente, donde el simbolismo subconsciente nos ayuda a soltar todo aquello que no es real, pero que lo vivimos como si así fuera...
  4. (P) luego regresamos con atención al momento Presente, a nuestra actividad con la refrescante Presencia Lúcida que nada juzga y todo acepta y que nos muestra que la Paz Profunda siempre habita en nuestro interior, pues en él estamos todos unidos a Dios.

Reconozcamos que todo lo que experimentamos, tanto lo que llamamos agradable o desagradable desde la mente dual, nos lleva en última instancia a alcanzar  el preciado ARTE DE SER.

Os dejo con este cuento milenario sobre el árbol de la ansiedad.

Vuestro compañero de la senda del medio, Guillermo.

CUENTO DEL ÁRBOL DE LA ANSIEDAD

“El Emperador Wang contrató a un carpintero para restaurar una antiguo templo. Como el Emperador era una persona muy controladora y perfeccionista y le preocupaba que el trabajo no se estuviera haciendo bien, decidió pasarse por el templo, para ver cómo iban las obras.

Al final de la jornada, se dio cuenta de que el carpintero había trabajado mucho, a pesar de que había sufrido varios contratiempos hoy y los días anteriores según se había informado. Para completar el día, su buey murió de viejo y el Emperador se ofreció a llevarle a su casa.

El carpintero no habló durante todo el trayecto, visiblemente enojado y preocupado por todos los contratiempos que había tenido a lo largo del día. Sin embargo, al llegar invitó al Emperador a conocer a su familia y a cenar, pero antes de abrir la puerta, se detuvo delante de un pequeño árbol, tomó unas respiraciones profundas, lo abrazó con delicadeza, acarició con infinita ternura sus ramas durante pocos minutos y terminó con un gesto de gratitud.

Cuando abrió la puerta y entró en la casa, la transformación era radical: parecía un hombre feliz. La cena transcurrió entre risas y animada conversación. Al terminar la velada, el carpintero acompañó al Emperador al exterior. Cuando pasaron por delante del árbol, este le preguntó:

– ¿Qué tiene de especial ese árbol? Antes de entrar estabas enojado y preocupado y después de tocarlo eras otro hombre.

– Ese es el árbol de la ansiedad – le respondió el carpintero. – Soy consciente de que no puedo evitar los contratiempos en el trabajo pero no tengo por qué llevarme las preocupaciones y ansiedades a casa. Cuando llego, le pido permiso para tocar sus ramas, dejar ahí toda ansiedad y preocupación y las recojo a la mañana siguiente, cuando regreso al trabajo. Lo interesante es que cada mañana encuentro menos motivos para preocuparme qué los que dejé el día antes y la ansiedad ha desaparecido.

Esa noche, el Emperador aprendió una de las lecciones más valiosas de su vida.”

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