domingo, 9 de febrero de 2020

EL SILENCIO EN EL DUELO



En nuestros duelos sabemos que antes o después los silencios aparecen tanto para intentar dar respuesta a lo que nuestras doloridas mentes quieren escuchar, como para sentir con el ser la paz que por momentos nos parece decir que todo está bien y que la vida es mucho más que pensamientos y sensaciones corporales.

Como vemos hay silencios por cansancio mental y hay silencios que salen del alma, de lo profundo de nuestro ser.

Tanto unos silencios como otros son parte de esa lucha interna por encontrar sentido a lo que vivimos.

Y tanto unos silencios como otros, nos ayudan a tomar consciencia de nuestra realidad, nos ayudan poco a poco a alcanzar la "mayoría de edad" psicológica y espiritual.

Sentir la presencia de ese silencio sanador, es un estado de consciencia puntual que nos ayuda a seguir indagando en nosotros mismos en nuestra búsqueda de transcendencia.

Llegar a un estadio de consciencia perdurable, ya depende de lo profundo que buceemos en nosotros, ya no buscando sino sintiendo la verdad en cada instante, de nuestra transcendencia.

Ese estado realmente es una gracia que llega cuando menos lo esperamos, pero cuyas señales intuitivas son como faro en la oscuridad y nos van guiando en nuestras "noches oscuras del alma" hacia tierra firme, hacia la Presencia y Lucidez del que ya no se pregunta nada, sino que sigue la sabiduría de simplemente SER.

En nuestros duelos, seamos conscientes de esos dos silencios, para aceptar el mental y dejarlo pasar con amor infinito reconociendo nuestra humanidad y vivenciar el espiritual sin ánimo de apropiarnos de algo que nunca ha estado fuera de nosotros, porque lo buscado es el propio buscador...

Os dejo esta descripción de los pasos del silencio que tan bien nos describe Benjamín:

"En un primer momento
el silencio es pura privación,
carencia, hueco molesto,
arrancarse de actividades y personas
que llenaban.
El silencio se percibe
como inútil, aburrido,
pérdida de tiempo.
Lleno del eco confuso
de las cosas dejadas atrás,
exigencia de compañía,
de actividades.

Si se sobrepasa este momento,
el silencio se hace palabra.
Los fantasmas escondidos
empiezan a salir a la luz
y a gritar sus exigencias.
Antes trabajaban desde la clandestinidad,
enmascarados en las actividades,
proyectos y personas,
y pasaban casi desapercibidos.
Pero también la vida retada
empieza a brotar más firme,
más honda, y nos sorprende
la profundidad ignorada
que surge de nosotros mismos,
desde nuestra apertura al infinito.

El silencio se transforma
en lucha cuerpo a cuerpo,
entre los fantasmas con su ejército de miedos
y las exigencias nuevas de una libertad inagotable.
El silencio es tenso,
implacable, decisivo.
En la lucha algo de mí muere,
algo vuelve a ser clandestino,
algo nuevo se afirma
marcado todavía por los rasgos de la agonía.

El silencio ha cristalizado
en un gesto de reposo sabio,
hecho de certezas infinitas,
de vida recién nacida.
El silencio se ha revelado una presencia,
sereno estar en una compañía,
que me abre el espacio
de su amor discreto
donde se hace consistente mi armonía.
El silencio se hace silencio pleno,
confiado, alegre, reposo y estrenado.
El silencio es palabra agradecida".

Benjamín González Buelta