miércoles, 9 de febrero de 2011

Negro y Duelo: Una transformación interior

De la mano del simbolismo del color negro, el más utilizado en el duelo y en la manifestación del luto, veremos cómo inconscientemente, nos ayuda a todos los seres humanos a transformar el dolor en Amor.

El luto, como un signo exterior de pena y duelo en la cultura occidental está asociado al color negro desde tiempos de los romanos, que utilizaban la “toga pulla” como signo de duelo.

Antes que los romanos, los antiguos egipcios lo utilizaron fundamentalmente como símbolo de la noche, la tierra y el mundo inferior, donde mora Osiris rey de los muertos. Su nombre era “Kem” de ahí viene también el antiguo nombre de Egipto “Kemet”, la tierra negra. Aunque el color suyo de duelo era el blanco, el negro rodeaba muchos de los objetos funerarios, como los escarabeos del corazón, el dios Anubis, el interior del sarcófago, estatuas mágicas, etc…

En Egipto el color negro también estaba relacionado con la diosa lunar Isis, que era de color negro, como muchas vírgenes medievales, y estaba cubierta por varios velos, siendo el más visible de este color. Simbolizaba así, la tierra, la cueva, lo velado, lo oculto, lo mágico, la oscuridad generadora de vida, es secreto de esa misma vida…

Desde el punto de vista lumínico, el color negro es el espectro que captamos ante la falta de luz… y con luz, es el color que absorbe todas las longitudes de ondas de esa luz y no refleja ninguna radiación visible, se podría decir que es el color egoísta.

El color negro, absorbe la Luz y la transforma en calor al no reflejarla…

El color negro da una sensación de amplitud y profundidad, como apreciamos el cielo en la noche, cuyo contraste nos guía en la percepción de la luz de las estrellas.

El negro es el color del “no saber que decir” cuando una persona muere, pero también de la soledad necesaria para asimilarla y transmutarla en el corazón.

La oscuridad es el reino del color negro, pero no se puede estudiar, ni descomponerla con un prisma, simplemente sucede ese estado cuando no hay Luz presente.

La oscuridad es fría como la tierra, hasta que es acariciada por el sol y se vuelve fecunda.

De la oscuridad surge todo nacimiento, toda vida.

La vida, no es lo contrario a la muerte, es el nacimiento, pues la vida es eterna energía cambiando de nivel de vibración, ni se crea ni se destruye.

Cuando nacemos físicamente, de la oscuridad materna, pasamos por un “túnel” hacia la Luz del día por las “aguas inferiores”. Cuando morimos, pasamos por un “túnel” de la oscuridad física hacia la Luz eterna de las “aguas superiores” dadoras de vida y calmantes de toda sed de Verdad y Amor, como tan bien nos legó el Maestro Jesús.

Entre esos dos momentos maravillosos de Luz, simplemente hay un proceso de aclimatación, para que el nuevo estado no nos ciegue. Es el tiempo necesario, para que la semilla empiece a formarse y pueda alimentarse de ese fruto virginal.

En el duelo vivimos el triple dolor: físico, mental y espiritual, y en estos momentos de oscuridad, nuestra alma clama Luz a gritos… esa Luz llega, pero no somos conscientes de ella y al igual que el color negro, no la reflejamos al no ser conscientes de ella, por el tremendo shock emocional. A todo esto se juntan las palabras huecas de quienes con buena voluntad intentan ayudarnos, donde un abrazo silencioso hubiera sido suficiente. ..

Necesitamos soledad, refugiarnos en nuestro interior, asimilar gradualmente la perdida física, llorarla, sentirla, expresarla a los cuatro vientos, sacar la hiel del corazón para hacerle sitio a nuestro ser amado.

Todo es oscuridad y caos en estas primeras etapas, porque así debe ser, porque antes de reordenar nuestro mundo interior y exterior, necesitamos de esta “oscuridad”, de este luto, para poder retroalimentarnos con la sabiduría que sale de nuestros propios corazones, de nuestras propias profundas reflexiones, de nuestras oraciones, de nuestro verdadero ser interior… Ese ser de Luz que para manifestarse, necesita que pasemos por este periodo de aclimatación, para que su nueva Luz no nos ciegue, no nos trastorne. Todo llega en el momento justo, conforme al nivel de consciencia alcanzado hasta ese momento.

Es este el “calor” que calienta y no quema, del que hablan los evangelios y demás tradiciones, la energía espiritual que crea y forma el universo visible e invisible, es esa Luz que no reflejamos, que desde nuestro interior, ahora empezamos a sentir en forma de esa energía transformadora que nos impulsa hacia la vida plena, es el calor espiritual acumulado inconscientemente, fruto de todas las energías que hemos recibido por parte de todos los seres que nos Aman, estén en el plano que estén.

El negro, gradualmente empieza a desaparecer cuando empezamos a volver a reflejar la mayor de las luminarias, El AMOR. Cuando empezamos a fluir con armonía, empezamos a darnos a los demás, sin esperar nada a cambio… de la oscuridad nace la verdadera CARIDAD.

Por Amor nacemos, entre nuestros semejantes aprendemos a Amar, y al morir, ese Amor sublimado crece en dos universos paralelos, para que la cadena de la vida eterna, nunca se rompa y la sabiduría divina, pueda manifestarse eternamente.

San Juan dice: “En Él estaba la vida, - y la vida era la Luz de los hombres- y la Luz brilla en las tinieblas, -y las tinieblas no la recibieron”

Así estamos cuando el dolor nos ciega, en tinieblas… pero recordar que siempre encontraremos el camino de regreso a la armonía, pues la Luz siempre brilla en las tinieblas, y el manto protector que se forma en nuestro interior durante nuestro duelo, es la tierra donde “las buenas semillas” que poco a poco vamos sembrando, germinaran con todo el calor y el Amor transformado de un hasta luego… mi VIDA!

1 comentario:

  1. Gracias por compartir esta reflexión, tan cierta, documentada, comprensiva y sabia. Realmente, el duelo es algo que debemos transitar en el lugar y dentro de las circunstancias en que sucede la pérdida, para poder asimilar la experiencia, poder luego continuar con nuestro trabajo de crecimiento personal...

    ResponderEliminar